El Auge Carnavalesco

Llegada la República, el entusiasmo popular debió acrecerse y manifes­tarse con mayor franqueza, porque las familias godas estaban alicaídas el pueblo surgía al llamado de la Democracia y la clase media. Diseñaba con la implantación de las Casas Comerciales. Quedaría elimi­nado lo ceremonioso de la Colonia que muy bien representaban los maceras de Cabildo, y el festejo Carnavalesco tomaría el aspecto que, en su auge alcanzaron nuestros padres y que en nuestra Juventud todavía vimos; aunque decían aquellos que ya estaba en decadencia y lo deplo­raban con nostalgia. De esos Carnavales existe un grabado en acero en la voluminosa obra de Paúl Marco, Viaje por la América del Sur; grabado que nos muestra el juego del Momo en Arequipa como una verdadera batalla. Poca diferencia hay con una fotografía de la defensa de la Quinta de Vargas en la revolución de 1867, que hemos visto y tenemos. Pueblo que jugaba así era un pueblo belicoso, y su historia no dice lo contrario. Así debió seguir hasta el establecimiento del ferrocarril a la costa, obra que iba a hacer variar la sociabilidad de Arequipa. Todavía en 1867 el Carnaval debió encontrarse en pleno auge, cuando el Prefecto de la época para celebrar el primer aniversario de la victoria del 2 de Mayo tuvo la ocurrencia de decretar tres días de festejo carnavalesco, desde esa fecha por ser éste lo más regocijado que encontró en la vida arequipeña. Todos se rieron y a dos o tres jugadores que salieron la chiquilería los pifió y corrió. Ese Prefecto repitió el caso de aquel Corregidor de Moquegua, que para celebrar no sabemos qué acontecimiento ordenó una Semana Santa en fecha inusitada del año según refiere el tradicionista Cateriano, porque la Semana Santa era lo mejor de aquella tierra.

En esa época el juego se reconcentraba en el jirón que va de Guaflamarca (hoy Rivera) a Mercaderes y de Mercaderes a la calle Puente Viejo (hoy Bolognesi) y de ésta al Beaterio. Las familias que vivían en él invitaban a las demás y el jirón era el disloque o el descuaje como ahora se dice. Rompían la marcha de los jugadores los caballeritos de las buenas familias, vestidos enteramente de blanco, motivo por el cual se les llamaba los «blanquillos.

Seguían las autoridades en enjaezados corceles, y luego los jugadores de categoría y el pueblo que se divertía como en día de bolas, eran los tiempos en que esos jugadores de categoría arrojaban a la chiquillería amotinada a su rededor cartuchos de monedas de plata: reales y medios siendo lujo el que fueran «nuevecitos». Y antes que fueran cuartillos del mismo metal acuñados en la Casa de la Moneda de Arequipa, los cuales llevaban en el centro la figura de un venadito o vicuñita se les apreciaba en mucho y se los guardaba porque eran de buena plata. Entonces no había bandos restricciones. Los caudillos eran los primeros en dejarse empapar y polvorear. Se cuenta que esto hicieron jubilosamente las cholas de Miradores con Santa Cruz, cuando. Regresaba de Quequeña cubierto con poncho de carro (tela gruesa e impermeable) y que el Jefe de la Confederación se inclinaba complaciente para que lo jugase el pueblo conforme a la costumbre criolla. Se cuenta también que tal era el entusiasmo que no escapaban de él ni los severos magistrados. Fiscal de la corte era el Dr. Ezequiel Rey de Castro, calificado de Arístides por su autoridad. Pues hubo Carnaval en que apareció montado a las grupas del caballo en que Iba apuestamente el Prefecto General Diez Canseco, pero montado en sentido contrario, espalda con espalda, colmado con el mismo regocijo de la multitud. Cuando pasaron los días locos fue tal su vergüenza qué pidió licencia de su alto cargo y se sepultó por tres meses en su hacienda de Vitor.

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