La Chavela

En un campanario cercano, había dado las diez y el marido tardaba todavía en llegar. A poco, Isabel junto a la cuna del niño, sintió sus pisadas. Evidentemente, como de costumbre, venía ebrio. Crujió la llave y se apareció en el umbral la figura siniestra de Rivas, con la ropa sucia y  en desorden, los ojos inyectados de sangre, la boca babeante.

– ¡Ramera! – la increpó… Tú me engañas!… La mujer calló resignada.
– Yo sé que tú me engañas – siguió enfurecido por el silencio de ella.
– ¡Tu vives con mis amigos!… ¡Ese hijo no es mío!…

Y se abalanzó sobre el hijo que dormía.

Isabel, instintivamente, herida en lo más profundo de su sentimiento, se lanzó en defensa de su hijo. La lucha se entabló cuerpo a cuerpo. El marido enfurecido, ciego de ira, abofeteó el hermoso rostro de su mujer.

Ella, en defensa de su hijo, más que la suya, cogió, sin darse cuenta de lo que hacía, un cuchillo y lo enterró en el corazón del borracho, el hombre se desplomó en el suelo, con las manos empapadas en sangre, huyó de la casa llevándose a su hijo.

EL ÉXODO

Cobijose en casa de sus padres. Después de algunos días de angustia y zozobra logró salir de Iquique con rumbo al Perú, dejando a su hijito al cuidado de  su madre, por el temor de que ella fuese sorprendida  por la policía y no supiese que hacer con el niño.

Viajó en tercera tratando de ocultarse de los ojos de todos. Durante el viaje, acariciaba la esperanza de encontrar a Antonio. Soñaba mientras las olas se estrellaban rugiendo contra el barco con rehacer la felicidad deshecha.

Se veía rodeada de chiquillos en una casita perdida en los valles de la sierra; el rio se deslizaba tranquilo; los pájaros en bandadas volaban de campo en campo. La primavera sonreía en las abras de la montaña… tal como lo habría contado una vez Antonio. Desembarcó en Mollendo y tomó el tren a Arequipa. Llegó aturdida, sin saber a dónde dirigirse. Personas compasivas le indicaron la dirección de una posada donde pasar la noche. Pocos días después alquiló un humilde cuartucho en el callejón de San Bernardo.

Las comadres del barrio le abrieron el corazón. Sin pensar ella, en que más tarde habrían de cerrarle sin compasión, ingenuamente entregó su humilde pena, a alguna que otra. En tanto que los recursos no le faltaban, tampoco faltaron las personas generosas.

El en verano de 1918, hallo un bálsamo en su herido corazón: Por las tardes solía ir a pasear. Mientras rumiaba en los alrededores de la ciudad, su pena, contemplaba como la primavera entraba triunfal por Cayma y Carmen Alto, cubriendo la campiña de verde ropaje. El paisaje lleno de vida le hacía olvidar por momentos su desgraciada situación.

Comió en una fonda cercana, mientras que pudo ganar una pensión. Pero cuando su escaso capital comenzó a disminuir de manera alarmante, vendió sus pocas prendas y hasta su ropa. Las chicherías le ofrecieron un sustento barato.

Cerró los ojos ante la desgracia y el infortunio y se despojo del orgullo de mujer que había vivido gozando de comodidades. Se adapto a la miseria sin rencores, sin protestas. Arrojó su pasado como se arroja un trapo viejo pero querido.

De vez en cuando acarició la esperanza de encontrar a Antonio, y buscaba en las caras de los hombres algún parecido. Solo el recuerdo de su hijito entusiasmaba su tranquilidad. Lloraba entonces desconsoladamente, sin más testigos que las cuatro paredes de  tugurio.

Su cuerpo todavía joven y bien formado, despertó la codicia de los hombres. Rodó por el fango, sin conciencia, en el aturdimiento de su desolación. La vida para ella era una bruma. Los hombres desfilaban borrosos en su imaginación. La pena, de tarde en tarde, le apretaba la garganta como un anillo de hierro. La nostalgia del hogar y la patria, el recuerdo de Antonio y del hijo produciéndole momentos de desesperación y angustia.

No pudiendo soportar el dolor, ya que el placer no lo mitigaba, comenzó a beber y fumar. Entonces, se adentró en un mundo de inconsciencia. Poco a poco perdió la noción de la vida y rodó… hasta el último peldaño, hasta los brazos de la muerte…

Hacia algunos meses que no pagaba el alquiler, hasta que tuvieron que desalojarla. Sin techo ni hogar. Nadaba a grandes brazadas en el mar del vicio. ¿Qué le importaba la moral ni la sociedad?  ¡Nada, absolutamente nada!

La vida no había hecho si no darle dolores, desengaños, miseria…
Venga el licor, el tabaco y el placer.
¡Arriba la vida mala!

A veces en momentos de lucidez, veía como por un lente completamente empañado a su pequeño César, a su amado Antonio, su primer amor, que era peruano; a pesar de que la había abandonado, lo seguía queriendo.

No, ahora ya no era la chiquilla de los jardines de Covacha. Era la Chavela, dueña del mundo. Todos los hombres eran Antónios, todos los pequeños eran Césares, su corazón era un manantial inagotable. Se daba sin egoísmos. Esta nueva Magdalena se ahogaba en el pecado.

El egoísmo de la humanidad, pesaba sobre su cabeza como un bloque de granito. No eran los olivos de Getsemaní los que se inclinaban a su paso; eran los sauces de la Blanca Ciudad que arrullaban su sueño de pecadora.

Todos le daban la mano para hacerla caer más. Era el escándalo de las señoras que comulgaban todos los días. Era la delicia de los abogados y escribanos, parroquianos abonados de La Pelleja.

Unos y otros la veían hundirse en el vicio, la caridad no iba hacia ella; ¿Para qué? Estaba bien como estaba. Era una borracha, los tiempos habían avanzado tanto, que era inútil esperar la mano del Maestro. No se escuchaba la voz de Rabi de Galilea:

              ¡Vete mujer y no peques más!…

El siglo XX, siglo del lujo y capitalismo trituraba a los caídos entre sus engranajes.

A la caída de la tarde, La Chavela con voz desgastada por la miseria, rasgaba una guitarra empolvada, mientras los parroquianos de La Mundial, engullían los picantes y amentaban su obesidad con sendos vasos de chicha.

A pesar de su estado de miseria, tenía un sello de la nobleza de corazón de las lamas buenas e irremediablemente vencidas por la vida. Su voz al cantar tenía modulaciones suaves, arrullos de paloma abandonada. En los tangos vertía su dolor. Ebrio era a veces su canción favorita:

Que malos son los hombres que enferman las ilusiones. Trato de olvidar las penas, de suavizar mi dolor, pero siempre me persiguen aquellos ojos traidores con la deslumbrante fuerza de su brillo tentador.

Aplaudía el auditorio mientras que alguna persona compasiva le daba un mendrugo. Unos ayudábanle a embriagarse por compasión, otros por maldad.

Cuando caía la noche, Isabel completamente abotagada por la chicha y el alcohol tambaleante, se dirigía a los zaguanes de la Casa Rosada.

Tendida en el suelo raso, dormía soñando con su pequeñito abandonado; mientras que en los salones de la ciudad las niñas y los jóvenes danzaban locamente, ¡Dueños del Mundo!.

¿Quién dice que en el mundo hay miseria?

¡La miseria es para los miserables! Otras noches, con el estomago vacío, apoyada contra los piares del Asilo Lira, cantaba en voz muy baja:

Porque quiero dejar como castigo
Mi pena, mi desprecio y todo el amargor.
Para toda mujer, para el amigo.
Yo ya tiré la Cruz, ¡Perdóname Señor!…

Yo he pasado aquellas horas de falsas alegrías en mi juventud
Y se han muerto mis flores, mis auroras
¡Por eso a nadie debo amor ni gratitud!

No faltaban a veces algunas almas compasivas que le brindaban un plato de comida o el techo, pero el espíritu vagabundo de La Chavela prefería la libertad y el hambre antes que afrontar el desprecio de algunas migas.

Tenía muchos amigos vagabundo como ella, con ellos solía confraternizar en algunas juergas nocturnas.

Ansiaba la muerte, el suicidio se le presentaba como una liberación pero le espantaba la idea. Sin embargo su vida miserable de paria sin techo, tenía sus encantos: Rodar por la noche en las calles silenciosas dialogando con el viento.

Día a día en los últimos peldaños del vicio, su organismo se iba debilitando hasta que cayó enferma. Como un perro sarnoso se tiró en las calles hasta que las puertas del hospital se abrieron para recibir su cuerpo, pingajo senil de la miseria.

En una cama limpia, La Chavela, pobre flor de Hampa, libraba batalla con la muerte. En la amplia sala, el dolor tenía sus diversas manifestaciones. El quejido de las enfermas era la única música de la ciudad del dolor.

Isabel Escobar, la escoria humana, la victima de la sociedad muy bien organizada, el jirón, la degradación social, que se habría reído de la Cuna Maternal, del Club de los Rotarios, del acilo para ancianos, porque sabía que allí solo se bautizaban los que tenían padrinos, se apagaba como una débil llama, en una cama del Hospital Goyeneche, sin más consuelo que la rara visita de una bondadosa chichera.

La noche acaba de caer. Una madrecita de caridad se acerco a Isabel.

              ¿Qué te duele hija?… ¿Ya está buena?… Ella no contestó. Pensaba para si mejor es que no conteste, capaza que quiera que en cambio del alojamiento le cante un tango, y ahora no puedo.

Ante el silencio casi hostil de la enferma, la hermanita de la caridad se alejo diciendo:
– ¡Que traposas estas… son malagradecidas!

De vez en cuando alguno que otro quejido torturaba el solemne silencio de la sala. De pronto Isabel había adquirido inesperadamente una lucidez asombrosa. Su vida pasada se descorrió como un velo.

Ella no era mala, la sociedad la había pervertido. Recordó aquellos felices días de Iquique, cuando a la sombra de los álamos, amaba, y era amada. Después su casa paterna, los primeros días de su infancia, ¡Cuan feliz era! Nada le faltaba… Luego su marido ¡Ah Canalla! Solo por él había tenido que salir abandonando todo lo más querido. Cuando su pensamiento se reconcentro en su hijito, los ojos se le empañaron de lágrimas, el corazón le latía con violencia, se ahogaba. ¿Por qué la justicia le había perseguido? Si ella mató defendiendo a su hijo, el único ser a quien amaba, y después de todo si ella no hubiera matado a su marido, el la habría matado; fue un juego de la suerte…

Después se le nublo la razón y solo vio a lo lejos a su hijito.

– ¡Cesar!… ¡mi hijito!… ¡mi chiquito!… Ven, aquí está tu mamacita!…
¿No me conoces?… Yo soy la Chavela… soy tu mamacita hijito!
Las lágrimas rodaban por sus nacidas mejillas.

– ¿No ves que tu madrecita se está muriendo?… ¡Ven hijito!…
Todos me han abandonado… Mi criaturita…
¿No ves que todos me han abandonado?…

Quiso incorporarse en el lecho pero no pudo; la muerte se había sentado a los pies de su cama. Aun pretendía aferrarse a la vida pero era inútil, había llegado la igualadora. Desesperada clamó la mujer:

– ¡No quiero morirme!… ¡mi hijito!… ¡Siquiera por él!… por Dios, tengan corazón.. ¿Pero no hay nadie?

No había efectivamente nadie. Cada una de las enfermas fse atrincheraba egoístamente detrás de su dolor.

– ¡Como he de morirme sin despedirme de nadie!… por Dios… mi hijito… Jesús… mi… hi…

Y se extinguió su vida.

7 comentarios en “La Chavela”

  1. hay una canción de los Dávalos que dice algo así: “Es cotidino en el amor…
    reir… llorar… y una canción cantar sin demostrar dolor… beber para olvidar las penas del amor. ¿¿No se habrán inspirado en la historia de la Chavela para componerla?? ¿¿Le preguntaron a alguien que conoció a la chavela antes de componer esa canción?? Porque es una canción muy triste, tanto como la historia de la Chavela y guarda relación con lo que según se comenta ella cantaba en las picanterías. –Soy arequipeño—

  2. Cuando termine de leer el texto, solo atine a decir: fui la chavela, porque ademas de ser arequipeña, sufri la perdida de mi primera hijita y el abandono de su padre que se fue a la capital,lo segui deje todo por ir tras el ya que perdi a mi bb. Pero para el era poca cosa, y me boto como a un perro. A partir de ello fui muerta en vida, y salia con cuanto vivo se me acercara, toque fondo y se lo que se siente…Oh Chavela… pero Dios aprieta pero no ahorca encontre a un hombre bueno y ahora tengo una bella familia, la cual es mi todo, mi vida.Del padre de mi primera hijita solo supe que obtuvo un buen puesto de trabajo como el y su madre tanto querian pero lamentablemente se dedicó al licor,mujeres y otros placeres.Actualmente tiene su novio perdio su trabajo y dicen que anda enfermo de algo incurable.
    Saben pienso en que en este mundo hay chavelas que necesitan nuestro amor sincero, ayuda, comprension y apoyo.Ayudemos amigos.

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