La Chavela

En un campanario cercano, había dado las diez y el marido tardaba todavía en llegar. A poco, Isabel junto a la cuna del niño, sintió sus pisadas. Evidentemente, como de costumbre, venía ebrio. Crujió la llave y se apareció en el umbral la figura siniestra de Rivas, con la ropa sucia y  en desorden, los ojos inyectados de sangre, la boca babeante. Continúa leyendo La Chavela