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Mónica la Condenada

En una noche oscura y fría, Bernardo salió a dar algunas vueltas por las calles de la ciudad con su moto, pero el frío intenso le obligo a regresar a su casa para ponerse un abrigo y tomó su casaca de cuero que su padre le había regalado, era una casaca de cuero finísima y muy espléndida. Salió un poco apresurado por que las horas avanzaban, tomó su moto, montó sobre ella y partió a dar vueltas por las luminosas calles.

Cuando ya se dirigía a su casa, tomó el camino del cementerio, el joven aceleró varias veces el motor al ver que la silenciosa calle estaba desierta de carros, aceleró más y más y en aquel apresuramiento de llegar a su casa, desde lo lejos divisó la silueta de una mujer que llevaba un vestido blanco y que por la acción del viento, su hermosa figura se dibujaba.

A Bernardo el corazón le latía más rápido que de costumbre y no se preguntaba ¿Por qué?. Solo atinó a acelerar más la moto hasta llegar hasta ella.

Aquella mujer de rasgos finísimos y piel blanca estiró la mano y Bernardo paró.

– Hola, – le dijo ella con una dulce voz.
– Hola, – contestó él un poco desconcertado.
– Por favor, me puedes dar un aventón – suplicó la mujer.
– Claro por qué no, a estas horas el peligro asecha la vida de cualquier mujer y peor en esta avenida desierta.
¿Pero qué paso, porque hasta estas horas? – Pregunto él.

– Gracias por ofrecerme tu ayuda. Ahora no importa los motivos de haberme quedado hasta estas horas… solo llévame a mi casa, ¡es urgente!, Mi madre me matará, porque solo me dio permiso hasta las doce de la noche. – le dijo ella.

– Está bien, sube a la moto, te llevaré a tu casa, me agrada tener compañía – Dijo Bernardo con mucho orgullo.
– Gracias por el aventón y ¿Cómo te llamas? – Pregunto la mujer.
– Bernardo – Respondió él
– Bonito nombre, yo me llamo Mónica – Dijo muy sonriente mientras tocaba la mano de Bernardo.
– ¡Estas muy fría, pareces un cadáver! – Y muy atento se quitó la casaca de cuero, ofreciendo a Mónica.
– Dentro de unos minutos tu cuerpo se calentará – Le dijo muy amable.

Ella recibió de buen agrado, sonriendo dulcemente le dio la dirección de su casa y la moto se desplazó rápidamente por la avenida, después de recorrer algunas cuadras, llegaron a aquel lugar indicado.

– ¡No!, ¡No! Por favor ponte la casaca, me sentiré culpable si te resfrías, más luego egresaré por ella.
– Muchas gracias – Mónica se acercó y le dio beso en la mejilla, y de esta manera se despidieron…

Cuando llego el siguiente, Bernardo esperó ansiosamente el medio día para ir por su casaca y ver a esa hermosa mujer. Cuando llegó la hora indicada, el tomó su moto y se dirigió a casa de Mónica, toco la puerta y apareció por la ventana una mujer de edad.

– Si joven, ¿Qué desea? – preguntó la mujer enérgicamente.
– Por favor, le puede decir a Mónica que estoy aquí – Le respondió este.
– ¿Qué?, aquí no vive ninguna Mónica – Contestó muy molesta.
– Como no, si anoche la he traído y le he prestado mi casaca – Dijo desconcertado.
– Mónica ya no vive en esta casa, hace mucho tiempo que murió en un accidente.

Bernardo al oír esto quedo consternado, una vez más sin poder creer lo que estaba escuchando.

– Sra., lo que me dice no puede ser cierto, fue ayer cuando la encontré en la solitaria avenida, además su cuerpo estaba como el hielo, por eso le presté mi casaca.
– Ud. Mismo lo ha dicho, ella traía el cuerpo frió, no pierda la esperanza, su casaca la encontrará en el cementerio, en el pabellón Benedicto XIII, número 14 16 y el saludo usted mismo se lo dará, y en cuanto a la invitación, le garantizo que esta noche a la misma hora la podrá ver en la puerta del cementerio, siempre estará con su vestido blanco y su mirada angelical.

Luego de intercambiar impresiones, Bernardo subió a su moto muy disgustado y lleno de cólera, encendió violentamente el motor para llegar al cementerio, empezó a buscar en el pabellón indicado por la madre de Mónica, no caminó mucho y se encontró con la tumba que buscaba, una pequeña alameda de cipreses aguardaba la misteriosa tumba, se acercó para confirmar, ahí estaba su casaca favorita, de pronto sintió escalofríos  al ver que todo era cierto, miró al nicho y allí estaba plasmado su nombre y al costado la foto de la mujer de que en la noche anterior había acompañado.

En ese momento vio pasar al guardián del cementerio y Bernardo se acercó y preguntó por Mónica y la respuesta fué más sorpresa.

– Si ella fue mi nieta, la más querida, hace poco falleció, y el deleite de ella es salir del cementerio por las noches a bailar, va a buscar jóvenes como Ud. y por la madrugada regresa ella y entra al cementerio traspasando paredes, rejas.

Bernardo no quiso escuchar más, cogió su casaca y rápidamente salió del lugar, sus nervios se alteraron más, sus fuerzas se desvanecían, intentando reponerse, tomo su moto encaminándose sin rumbo.

Transcurrieron varias horas, cuando Bernardo despertó en el Hospital General rodeado de galenos, no podía hablar lo sucedido, estaba aturdido y preguntó:

– ¿Qué hago aquí?, ¿Mi casaca sonde esta?…
– Tranquilo, aquí está su casaca, en unas horas será dado de alta – Le contestó un médico.

Pasaron los días y Bernardo quedó trastornado con lo sucedido, no podía definir su existencia, estaba muy confundido, días y noches su fantasía volaba, tenía deseos de estar junto a Mónica, a cada instante su mente llevaba la imagen de aquella mujer, con ella conversaba, bailaba, lloraba y a la vez enloquecía tratando de abandonar el sanatorio.

Una mañana vió de la ventana hacia abajo, en medio de los árboles y las flores, vio a Mónica, ella lo saludaba, se alegró mucho al verla, y en su deseo de estar con ella, se lanzó desde el quinto piso y así estría junto a Mónica.