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Vieron el Diablo

Situado en la calle de Santa Rosa, casi cerrando la de Santa Teresa, existe en Arequipa una caserón, cuya pared del sur es medianera con el monasterio de la santa límense. Por detrás, formándole fondo, se extienden las chácaras. Tambo de Santiago es el nombre con que se ha conocido siempre, hasta que, en los últimos tiempos, dejó de ser posada unas veces y cuartel otras para remozarse con el aspecto de casa habitación por familias. Que quién fue ese Santiago, me preguntará sin duda la curiosidad insatisfecha. Pues no lo sé, y se la dejo a los futuros tradicionistas para que se devanen la paciencia en averiguarlo. Puede que fuese el primitivo propietario del caserón o algún tipo popular En el albergado, en el caso que en el viejo Tambo había un cuartucho que, por hallarse a algunas varas sobre el nivel del suelo, tenía una pequeña escala de sillar, y que en ese cuartucho habitaba Doña Mariquita, la Montufar, señora que era una viejecilla cuyo molde barrunto ya se ha roto en Arequipa. Pequeña, encorvada por los años, de expresión apacible, pobre, pero decentemente vestida, doña Mariquita no se preocupaba por la lucha cruel de la existencia. Después de oír muy de madrugada la primera misa y de encomendar, con masculleos interminables, a justos y pecadores, pasaba el día prestando servicios aquí y allá, por apego a la casa de personas conocidas, sin remuneración, sin otro gaje que el resto de comida que unas veces le daban aquí y otras allá.

Resto de comida era ese que la santa señora llévaselo a su cuartucho en la respectiva ollita de barro, y allí, muy tapadito, preservándolo de perros y gatos, lo guardaba hasta el siguiente día, y al siguiente día, sin recalentarlo, frío grasiento, ticca, como por acá dicen, se lo saboreaba con el más grande contentamiento del mundo. Y jamás le causó daño la imponderada bazofia.

Prueba evidente de santidad era ésta para los malandros de mi tierra, que, por lo visto, nunca tropezaron en su almanaque con Santa Higiene. Añádase que para Doña Mariquita era cosa corriente conversar a cualquier hora con los grandísimos ociosos de la corte celestial, por cuya envidiable preeminencia el demonio le cobró tal ojeriza que, con más terquedad que impertérrito piquín, la perseguía, apareciéndosele en el rato menos pensado, a la menor volteada del rostro.

Cierto mataperros, que, a vivir en los modernos tiempos, hubiera sido incomparable jefe de palomillas, se propuso jugarle una pasada. Y, dicho y hecho, después de desnudarse, se restregó todo él con cabezas de cerillas, que lo dejaron ígneo, fosforescente, fulgurando como verdadero condenado. Y así, en la obscuridad de la noche, ovillándose casi, se agazapó a la puerta del cuartucho y esperó a que los instantes pasaran.

No transcurrieron muchos, cuando doña Mariquita, cargada con el peso de la edad, ítem más con la consabida ollita, se apareció en el primer peldaño. Ver la bola de fuego y hacerle cruces e invocar a Jesús, María y José, todo fue uno. Pero, como acostumbrada estaba a la persecución de! diablo y a ponerlo-en fuga con sólo trazar cuatro garabatos en el aire y murmujear el principio de un rezo, no se detuvo, y prosiguió la anciana segura de que el maldito se haría humo. Mas el maldito comenzó a desovillarse y a erguirse y a crecer y a asumir forma humana. No esperó más doña Mariquita, que, en su idiotez mística, pudo darse cuenta de que esta vez no era como en las otras, y, lanzando estridente grito, se arrojó gradas abajo.

Cuando los numerosos vecinos del Tambo acudieron al grito, la encontraron exánime, con un pie dislocado y con alguna salpicadura de sangre en la cara. Cerca de ella, esparcidos entre restos de comida, yacían los fragmentos de la ollita. Y por las chácaras, vieron que huía a todo correr una forma humana, hecha de fuego, fantástica, a la cual, en su espanto, hasta flameantes cuernos distinguían. No quedó diestra que no le hiciera cruces y cruces y más cruces, y a cada cruz el fantasma de fuego caía por tierra y en vano se levantaba porque era otra vez derribado por el signo cabalístico de los dedos, hasta que por fin se perdió en la lobreguez de la noche.

Volvió en sí doña Mariquita y duda no le cupo de que había visto al diablo en persona, y si duda hubiera, ahí estaban los numerosos vecinos que juraban y re juraban que el infernal bicho bicornado a cada tanda de cruces rodaba por el suelo. Mientras tanto el mataperros de la historia, que oía a los hombres del barrio conversar de la terrible aparición, a las mujeres deshacerse en ponderaciones y a los chiquillos llamar en su amparo a la mamá, callaba y se sonreía, recordando susto que se llevó al ver desbarrancarse a la viejita, la carrera desenfrenada a través de los campos recién segados, los tropezones continuos en los bordes y rastrojos, y la inquietud con que llegó al recodo en que había dejado oculto el lío de sus ropas.